Tuesday, January 25, 2011

La zona

Hoy terminé de leer La fiesta del chivo y termine con ese sentimiento de agradecimiento y nostalgia que me da luego de leer un buen libro. En este caso es más especial todavía porque este libro se desarrolla en mi querida República Dominicana y cada vez que se describían los lugares sentía como si volviera a recorrer a la quisqueya bella. A continuación presento tal vez una de las mejores descripciones de la noche en un barrio de la ciudad que me albergo por más de un año.

Estaba, más bien, concentrada en las inmemoriales casas abiertas de par en par, luciendo sus intimidades, y las familias volcadas a las calles -viejos, viejas, jóvenes, niños, perros, gatos y hasta loros y canarios- para tomar el fresco de la noche luego de la ardiente jornada, parloteando desde sus mecedoras, sillas y banquetas, o sentados en los quicios de las puertas o los poyos de las altas veredas, convirtiendo las viejas calles capitaleñas en una inmensa tertulia, peña o verbena popular, a la que permanecían totalmente indiferentes, atornillados a sus mesas iluminadas por lamparines o mecheros, los grupos de dos o cuatro -siempre hombres, siempre maduros- jugadores de dominó. Era un espectáculo, como el de los alegres colmados con sus mostradores y anaqueles de madera pintada de blanco, rebosando de latas, botellas de Carta Dorada, jacas y cidra de Bermúdez, y cajas de colores, en los que siempre había gente comprando, … un espectáculo tal vez desaparecido o extinguiéndose en el Santo Domingo de hoy, o que existiría, tal vez, sólo en ese cuadrilátero de manzanas donde siglos atrás un grupo de aventureros venidos de Europa fundaron la primera ciudad cristiana del nuevo mundo, con el eufónico nombre de Santo Domingo de Guzmán

La zona y los cafés

Cafés en el Conde y la noche

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